María Teresa - El Foro Libre
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María Teresa

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    • mar 2012
    • 4336

    María Teresa

    bueno aqui les dejo un cuento escrito por un usuario que firma como Jota Jota de un foro que frecuento de literatura.

    Para mi amigo Carlos Patiño,
    tomé su nombre para una línea.
    Está viviendo una primavera inusual
    en un país dominado por las sombras,
    luego de haber ganado
    el premio de Cuentos de El Nacional 2015


    Tomaba el desayuno en un café que recién abrió cerca de mi casa y pensé:
    Apenas se ha iniciado la primavera y el invierno es un pasado lejano, una triste página olvidada, el soplo de un viento helado, que se pierde en los resquicios de la memoria siempre frágil.

    El cambio se siente en el ambiente, nadie se viste de negro, ni tampoco de gris. Las calles se han convertido en una pasarela de arcoíris y predominan el verde, el naranja, el amarillo y el azul; los rostros, que antes se escondían entre bufandas y miraban al suelo evitando las traiciones del frío, ahora se han levantado y miran confiados el futuro, con la alegría dibujada en tonos de acuarela.

    La primavera es una estación capaz de generar locura colectiva, afloran a la piel con fuerza inusitada, esos apetitos que estuvieron hibernando, envueltos en el mucílago de la presión social y los convencionalismos.

    En el ambiente se difuminan partículas invisibles, que nos imponen, nos empujan y nos exigen acciones compulsivas, nos hacen actuar como locos y a nadie parece extrañarle nuestra conducta, es posible incluso, que la mayoría la acepte y hasta la comparta. Somos cómplices de exuberantes sensaciones, de necesidades inmediatas, de urgencias de la carne.

    De estas reflexiones me sacó un firme olor a sándalo que invadió el lugar, entró vestido de mujer y se instaló justo enfrente de mi mesa, la blusa de hilo, verde agua, dejaba al descubierto los redondos hombros, que invitaban a descubrir otras texturas. La falda apenas acampanada de un amarillo tostado, requemado, cubría las piernas hasta las rodillas, sus pies estaban enlazados por las cintas de cuero de unas sandalias de tacón bajo, el cabello negro y suelto le llegaba a la cintura. Al cruzar las piernas dejó ver algo más que sus muslos y me sembró la curiosidad de confirmar sí usaba ropa interior. El olor a sándalo penetró en todos mis sentidos.

    Miró la calle y persiguió un pensamiento que se cruzó de improviso, buscó la huella de esa idea que dejó una estela de recuerdos, recuerdos que hicieron brillar en sus ojos algunas nostalgias, y lograron escapar intactas cruzando la esquina,

    La actitud de intensa concentración, me pareció por un momento, de quien entra a esa dimensión en donde los caminos son seguros, no se corren riesgos, no hay amenazas, ni tampoco peligros que convoquen la presencia de temores, estar sola se convierte en un enorme placer sin nombre.

    Se internó en el laberinto de sus recuerdos y una de sus manos inició el abordaje de una ilusión que navegaba entre sus piernas, la mano subió despacio por sus muslos dorados, que complacientes abrían paso al entusiasmo desde las rodillas.

    Con inocente descuido humedeció sus labios y entrecerró los ojos un instante, aproveché ese momento para sentarme a su lado y preguntarle suavemente:

    ¿Necesitas ayuda?

    Me miró directamente a los ojos, retándome, midiendo mis posibilidades, para contestarme con chispas de picardía iluminando sus ojos verdes.

    ¿Te parece que necesito ayuda?

    Estoy seguro que sabes mucho mejor que yo lo que debes hacer, pero estamos en primavera, la sangre corre con mayor fuerza entre las venas y vas a necesitar ayuda, sobre todo, para terminar lo que acabas de iniciar.

    Mientras hablaba, un impulso mayor que la propia timidez, me obligó a colocar mi mano entre sus piernas y sin esperar respuestas inicie una caricia de vértigo, sentí su piel erizarse levemente, me detuve en sus muslos calculando los centímetros, la distancia que me separaba de ese territorio en donde el deseo se cubre de un vello espeso, la miré con decisión y continué midiendo en sus ojos el impacto de mis palabras:

    Mi nombre es Carlos Patiño, vivo muy cerca y me ofrezco para cumplir tus deseos, quiero obedecer únicamente tus ordenes ¡Soy tu esclavo!

    Cerró las piernas, aproveche el movimiento y extendí un poco más los dedos, presioné la carne tibia y suave con mayor firmeza.

    Mi nombre es María Teresa, dijo en un susurro.

    Reí de buena gana. Sin proponérmelo logré sorprenderla.

    Seria. Con tono de enfado preguntó:

    ¿Te causa risa mi nombre?

    Recordé una canción, dije, y canté con más intención que ritmo unas estrofas en su oído:

    “Ya viene Alicia y me lo acaricia
    llega Gertrudis me lo sacude
    a María luisa le causa risa
    siempre Carlota me lo alborota
    María Teresa llega y lo besa”

    Al final de la canción reía divertida y dijo:

    ¡Vamos!

    Llegamos a mi casa tomados de la mano, apenas cerré la puerta me abrazó, me besó en los labios con fuerza, me mordió sin medirse y comenzó a desvestirme con urgencia. A pedazos me arrancó la camisa; Yo, en cambio, cumplía mi promesa y respondía a sus impulsos midiendo el tiempo, en un intento fallido de eternizar el momento.

    Le quité la blusa cuidando no romper los ojales, con mis manos en la espalda busqué desabrochar el sostén, descubrí con sorpresa, con asombro, casi con miedo, que no tenía gafete alguno, puse mis manos sobre las copas tejidas en sus senos y encontré en el frente del sostén un minúsculo dispositivo desconocido, intenté abrirlo y testarudo se negaba a mis esfuerzos, auxiliado por el azar logré finalmente liberar sus pechos, saltaron firmes y dulces regados de estrellas luminosas, la besé en los hombros, en el cuello, bajé el cierre de la falda, que se escurrió por sus piernas vencida hasta el suelo.

    Un instante me llevó observar su desnudez, con placer comprobé la falta de ropa interior y descubrí con la alegría de un niño ante un regalo nuevo, que estaba completamente depilada.

    María Teresa me quitó los pantalones, con un salto de atleta amarró sus piernas a mi cintura, la sostuve con mis manos puestas sobre sus nalgas y así estuvimos meciéndonos hasta que sus uñas se clavaron en mi espalda con un grito de triunfo.

    Cargada la llevé hasta la ducha, la bañé con dedicación, la sequé con dulzura y la acosté en mi cama, allí pasamos el resto del día. Me dediqué por completo a cumplir mi promesa y hacer realidad sus mínimos deseos.

    Al anochecer dio las gracias y se fue.



    Fuente: http://riosdetinta1.foroactivo.com/t1073-maria-teresa

    http://paginadegoncen.net

    http://www.gorronautas.tk
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