Muerte de Carranza - El Foro Libre
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Muerte de Carranza

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    Pendejeando al EdDePen
    • abr 2012
    • 1291

    Muerte de Carranza

    _o0o_

    "...Pero el destino tenía trazados ya sus senderos, don Venustiano debía morir de tiros arteros"

    ¡Uuy! Hace una bola de años... To'vía existían los tranvías de mulitas y el Palacio Nacional nomás tenía dos pisos. Ya ha llovido muncho desde entonces, y no ostante parece que lo estoy viendo con estos ojos que se han de comer la tierra.

    Don Venustiano, el constitucionalista, estuvo en Palacio con sus aditos generales Francisco Murguía, Francisco L. Urquizu, Federico Montes y el gallardo y valeroso Juan Barragan. ¡Ah!, también estuvo ahí el entonces Secretario de Hacienda, este... licenciado don Luis Cabrera. Tenían qué abandonar la capital porque ya las cosas se habían puesto color de hormiga. Don Venustiano dijo que se le hacía que necesitaba trasladar los poderes de la nación a Veracruz.

    _o0o_

    Ese Veracruz querido... que en 1914 le 'bía servido de base a su gobierno desde el mero castillo de San Juan de Ulúa, allí donde se aventaban sus oletas los presos del porfirismo. Todos aprebaron salir pa' Veracruz, menos Juan Barragan: ese general quería concienzudamente jalar pa' San Luis Potosí, dando la vuelta por Tampico y ansina recoger gente amiga y después irse por mar al ansiado puerto. Pero onde manda capitán, no gobierna marinero: la palabra de don Venustiano fué la que sobrepesó. Por lo tanto se determinó salir directamente a Veracruz sin andar con ningún rodeo. Y diciendo y haciendo, un mundo de gente comenzó a trasladarse a la estación con sus menesteres. También se llevó pa' embarcarlo, el tesoro nacional: barras de oro, dólares, pesos, aztecas, centenarios, hidalgos... todo se necesitaba pa' seguir juncionando allá el gobierno y sus pormenores.

    _o0o_

    A don Venustiano Carranza, detrás de sus anteojos, nomás le relampagueó una lágrima al ver que munchos se decían sus leales... y ni la cara asomaron pa' despedirlo por miedo de comprometerse. Ansina es la canija vida. Tomen leición los que estén ahora en el candelero: cuando andas arriba, "¡que viva!"... y cuando andas abajo, "¡al carajo!".



    El 7 de mayo a las doce del día arrancaron los trenes. Caminaban lentamente, traqueteando y con rechinidos quejumbrosos. Abría punta el tren esplorador con los hombres más temerarios, individuos que no les importaba volar hechos pedazos o morir quemados por los chorros de vapor de la máquina, o hacerse polvo si bajo las ruedas estallaba alguna carga de dinamita. Bragados que no le sacaban estrellarse con alguna máquina loca repleta de explosivos. Abnegados hombres que sabían que cuidaban al jefe, que traiba ya en la mente la constitución.

    Dispués del tren esplorador, iba el tren del tesoro. Lo custodiaban mil infantes que erizaban los carros de carabinas y ametralladoras. Este tren lo mandaba el general Rafail de la Torre. El licenciado Luis Cabrera iba con el ojo muy abierto sobrevigilando el tren. Luis Cabrera, aquél que dijo que "la revolución, como Cronos, se comió a sus hijos"... pos yo, yo la verdá es que no supe ni quién jué ese famoso general Cronos, pero pos yo creo que sí se los debe haber comido.

    Detrás del tren del tesoro, iba el tren presidencial. Después el tren de aviación, bastimento, familias, automóviles, pasturas, ecétera, ecétera. La gente, reía y cantaba sin temor alguno.

    _o0o_

    Al llegar a la villita, cerca del Tepeyá, creció la caballería del general Guajardo. Brillaron los sables y tronó la balacera. ¡Ah, jijos del siete de espadas! Qué duro se tupió la matazón. Los soldados nomás se daban el estirón y caiban como costales de máiz sobre el terraplén, echando mentadas de madre al ver que los trenes los dejaban malheridos. La caballada pisoteaba los cáidos, y munchos jinetes se iban de hocico con todo y sus pencos, y a veces eran arrastrados rebotando sus cabezas contra las piedras. En los trenes, las damas se tiraban pechos a tierra con sus criaturas mientras las balas pasaban como avispas de un lado pa'l otro, haciendo quebrazón de vidrios de las ventanillas, o rebotando en las paderes de los carros caja. Allí cayeron malheridos y prisioneros, Agapito Barranco y Alberto Salinas. Los trenes que se salvaron, siguieron adelante repartiendo balas, echando nubarrones negros por las chimeneas de las locomotoras.

    Llegaron a Apizaco. Pilar R. Sánchez subió al tren presidencial a informar que de todos sus dragones que se habían adelantado con las juerzas de caballería, nomás le quedaban trescientos. Los demás, pos se le habían desbalagado. Y como si juera poco, en Veracruz, se había volteado Guadalupe Sánchez, en quien el señor Carranza tenía muchísima fé, pos era el subordinado de su yerno don Cándido Aguilar. Y pa' que lloviera sobre mojado, se supo que en Rinconada estaban parapetadas otras juerzas infidentes. La rebelión seguía empollando traidores.

    _o0o_

    La espedición llegó a Aljibes: ¡ya faltaba poco pa' Veracruz! "¡Ay, riata no te revientes que es el último jalón!" decían los leales. En Aljibes tuvieron que echarle agua a mano a las locomotoras. ¡Ah, jijos! ¡Cómo es feo esperar la muerte en frío, olfatear la emboscada! De vez en cuando en los postes del telégrafo, los horcados se columpiaban como badajos en la campana azul del cielo veracruzano. Murguía ya iba como jefe de los convoyes. ¡Se veía preocupado! Porque leyó en los ojos de todos la sospecha de un pronunciamiento... ¡Y él tan derecho y tan hombre! A todos les hubiera comprado el pensamiento para hacer bramar entre sus manos a los traidores. Descansaba su alma cuando se encontraba con los ojos de Agustín Millán, de Lucio Blanco, de Jesús Dávila Sánchez, de Heliodoro T. Pérez, de Federico Montes, de Francisco L. Urquizu, de Marciano González o de Francisco de P. Mariel, de Luis Horcasitas... todos ellos como pa' ser cantados en corridos puebleros.

    El día 13, se toparon con Guadalupe Sánchez que los atacó furiosamente por la vanguardia y por el lado izquierdo de los trenes. Como Murguía iba en esos momentos en la retaguardia, ocupó su lugar el pundonoroso general Agustín Millán. Las juerzas enemigas, lograron ocupar unas alturas pese a que Millán se batía como lión rabioso. Bañado en sudor y echando espumarajos de muina, llegó a caballo el general Murguía. Le dijo unas malas razones a Millán como reclamándole que hubiera dejado al enemigo treparse en aquellas alturas. Millán se sonrojó muy ofendido, resolló juerte, se cuadró, dió algunas órdenes y al frente de un destacamento de suicidas, se lanzó de nuevo contra el enemigo. Su caballo prieto nomás corría como agüita de un lado pa'l otro: los alversarios sintieron el arrempujón, se tupió más el juego. Millán ocupó por fin una colina. Iba ya nomás con unos cuantos. De pronto, abrió los brazos... voló su fino sombrero blanco, y el hombre cayó mirando al cielo sonriéndole a la muerte. Ya estaba lavado su honor militar, y su sangre al rechuparse en la tierra, regaba la grandeza de México. Murguía retaguardió a las juerzas de Guadalupe Sánchez, los hizo correr y les quitó su artillería. Los de Carranza tomaron breve reposo, pero no se podían dormir en sus laureles. Se decidieron pues, a ir cruzando la sierra y se formó la columna. Poco habían andado cuando nuevos contingentes de Guadalupe Sánchez vinieron a tomar desquite y de México llegó una poderosa columna de diez mil hombres y entre todos, hicieron polvo a los carrancistas. En la ciudad de México circuló... pos un alcance o extra: "¡Guadalupe Sánchez tomó posesión de los trenes carrancistas! ¡Llevaban muchos automóviles, cuatro cañones de grueso calibre, dos de montaña, muchas ametralladoras, municiones y rifles, un aeroplano y otras cosas! ¡Asentao l'extra!"



    Siguieron rumbo a la población de Patla. Iban temerosos y perseguidos. En aquella población esperaban encontrar amigos, pero conque si ya había cáido en poder del enemigo... Con la inquietud de una sorpresa, entraron al pueblo. ¡Todavía era leal! Tomaron breve reposo y salieron pa' Unión. Cáiba la tarde. En la dura subida, se detuvo la comitiva porque se oía perdido el galopar de un caballo: un hombre se acercaba. Las armas apuntaron al recién llegado. Venía en son de paz. Su nombre: Rodolfo Herrero. Se ganó luego luego la confianza de todos. Le juró al señor Carranza que su muerte de él, sería la suya propia y los acompañó ayudando en todo como si juera un humilde asistente y no un militar de alto grado. Si hubieran tocado sus manos, las 'bieran sentido frías y húmedas. Si 'bieran sentido su corazón, lo 'bieran sentido asustado... algo tramaba. Eso sí, su labia no paraba: "Ustedes vienen cansados... déjenme a mí los menesteres. Quero ayudalos". Y los guió después con toda clase de atenciones hasta Tlaxcalaltongo. Al entrar al lugar, en uno de los jacales había un letrero pintado con carbón, decía "¡Muera Carranza!" Herrero les llamó la atención hacia otro lado pa' que no vieran el letrero y con muncha solicitú los llevó hasta unos jacalitos que parecían preparados para una emboscada. Y nadie se dió cuenta: el Judas del constitucionalismo cumplía su amargo destino. Nomás había qué oírlo: "Aquí está su cafecito... unas memelitas. Este guisado de por acá. ¡Ándenle hombre! Cenen bien pa' que descansen a sus anchas. ¡Tenemos qué salir muy temprano, acuérdense!"

    Junto con el señor Carranza jueron acomodados el capitán Suárez y el licenciado Aguirre Berlanga. Cuando no lo veían, Herrero veía con ojos encapotados al presidente fujitivo. Parecía que quería decile algo y... y no se atrevía. Por fin llenó su cara de pena y se acercó al señor Carranza. "Señor, ¡fíjese nomás! Acaban de herir a mi hermanito, me lo vinieron a avisar ahorita. Si usté me dá licencia, pos yo voy a velo". El señor Carranza ordenó que le dieran vendas, yodo y ayuda en dinero a Rodolfo Herrero, y el ingrato se jué. Ya sabía dónde iba a dormir don Venustiano. Herrero se perdió en la noche de lodo... Tlaxcalaltongo quedó en las tinieblas.

    ¡Se soltó un aguacerazo de esos de tierra caliente, que parece que se repite el diluvio! Y aunque en los cielos chicoteaban los relámpagos y los truenos rebotaban en las nubes, la gente bien cansada se durmió. El señor presidente no podía pegar los ojos. Por fin, llegó un parte del general Mariel. Lo leyó el señor Carranza y luego cerró sus ojos en el reposo. ¡Cómo jué, pues, macizo el aguacero, pos en la horita que pasó! Las estrellas quedaron con la cara brillante y las luciérnagas alumbraban la noche llenándola de luceros voladores.

    Redepente, unas sombras caminaron pisando la yerba y chacualeando en el fango. Llegaron hasta el jacal. Don Venustiano dormía rendido. Se acercaron a las paderes, relumbraron los metales de las armas. Carabinas y pistolas buscaban con sus bocas de muerte, la vida de un hombre. Los cañones de las 44, de las 38 y de las 30-30 se metieron como alimañas entre las junturas de las paderes de tablas mal labradas. Se oyeron los ladridos de las fuscas, los fogonazos alumbraron las caras de los asesinos. "¿Qué pasa?", dijo Aguirre Berlanga. "No... no puedo moverme", murmuró con mucho trabajo el presidente fujitivo. Se quemó muncho parque. Pasó un rato de eternidá. Las sombras se alejaron. El capitán Suárez habló: "¿Cómo se encuentra, señor Carranza?". Don Venustiano Carranza ya no contestó. Se ahogaba en su propia sangre. Alguien dijo: "Su cuerpo ha sido matado, pero no su pensamiento"

  • parmenides
    Stary bolshevik
    • mar 2012
    • 6989

    #2
    Videos no disponibles!!!
    Chingue a su madre Soytupadre.



    Comentario

    • restor
      Pendejeando al EdDePen
      • abr 2012
      • 1291

      #3
      Ups!

      Yo sí los puedo ver... deja ver si puedo arreglar ésto...

      Comentario

      • restor
        Pendejeando al EdDePen
        • abr 2012
        • 1291

        #4
        Pues espero que ya se vea...

        Comentario

        • parmenides
          Stary bolshevik
          • mar 2012
          • 6989

          #5
          Tienes razón eran unos plug ins!!!
          Chingue a su madre Soytupadre.



          Comentario

          • parmenides
            Stary bolshevik
            • mar 2012
            • 6989

            #6
            Excelente tema, aunque Carranza no es santo de mi devoción, la poesía es exquisita!!! Gracias por compartirlo!!!
            Editado por última vez por parmenides; http://www.elforolibre.com/member/4-parmenides en 01/05/12, 11:03:54.
            Chingue a su madre Soytupadre.



            Comentario

            • restor
              Pendejeando al EdDePen
              • abr 2012
              • 1291

              #7
              Tú eres mucho güelcom, parmenides...

              Comentario

              • elperro
                ¡¡Guau!!
                • mar 2012
                • 1260

                #8
                Muy buena frase: "...
                A don Venustiano Carranza, detrás de sus anteojos, nomás le relampagueó una lágrima al ver que munchos se decían sus leales... y ni la cara asomaron pa' despedirlo por miedo de comprometerse. Ansina es la canija vida. Tomen leición los que estén ahora en el candelero: cuando andas arriba, "¡que viva!"... y cuando andas abajo, "¡al carajo!".
                "

                Así es el poder. Ni pex

                Comentario

                Trabajando...
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