Los poetas y su relación con los animale - El Foro Libre
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Los poetas y su relación con los animale

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    Le Zumba la Malanga
    • abr 2012
    • 14823

    Los poetas y su relación con los animale

    ESTIVAL, de Rubén Darío

    I

    La tigre de Bengala
    con su lustrosa piel manchada a trechos,
    está alegre y gentil, está de gala.
    Salta de los repechos
    de un ribazo, al tupido
    carrizal de un bambú; luego a la roca
    que se yergue a la entrada de su gruta.
    Allí lanza un rugido,
    se agita como loca
    y eriza de placer su piel hirsuta.

    La fiera virgen ama.
    Es el mes del ardor. Parece el suelo
    rescoldo; y en el cielo
    el sol inmensa llama.
    Por el ramaje oscuro
    salta huyendo el kanguro.
    El boa se infla, duerme, se calienta
    a la tórrida lumbre;
    el pájaro se sienta
    a reposar sobre la verde cumbre.

    Siéntense vahos de horno:
    y la selva indiana
    en alas del bochorno,
    lanza, bajo el sereno
    cielo, un soplo de sí. La tigre ufana
    respira a pulmón lleno,
    y al verse hermosa, altiva, soberana,
    le late el corazón, se le hincha el seno.

    Contempla su gran zarpa, en ella la uña
    de marfil; luego toca,
    el filo de una roca,
    y prueba y lo rasguña.
    Mírase luego el flanco
    que azota con el rabo puntiagudo
    de color negro y blanco,
    y móvil y felpudo;
    luego el vientre. En seguida
    abre las anchas fauces, altanera
    como reina que exige vasallaje;
    después husmea, busca, va. La fiera
    exhala algo a manera
    de un suspiro salvaje.
    Un rugido callado
    escuchó. Con presteza
    volvió la vista de uno a otro lado.
    Y chispeó su ojo verde y dilatado
    cuando miró de un tigre la cabeza
    surgir sobre la cima de un collado.
    El tigre se acercaba.
    Era muy bello.
    Gigantesca la talla, el pelo fino,
    apretado el ijar, robusto el cuello,
    era un don Juan felino
    en el bosque. Anda a trancos
    callados; ve a la tigre inquieta, sola,
    y le muestra los blancos
    dientes; y luego arbola
    con donaire la cola.
    Al caminar se vía
    su cuerpo ondear, con garbo y bizarría.
    Se miraban los músculos hinchados
    debajo de la piel. Y se diría
    ser aquella alimaña
    un rudo gladiador de la montaña.
    Los pelos erizados
    del labio relamía. Cuando andaba,
    con su peso chafaba
    la yerba verde y muelle,
    y el ruido de su aliento semejaba
    el resollar de un fuelle.
    Él es, él es el rey. Cetro de oro
    no, sino la ancha garra,
    que se hinca recia en el testuz del toro
    y las carnes desgarra.
    La negra águila enorme, de pupilas
    de fuego y corvo pico relumbrante,
    tiene a Aquilón: las hondas y tranquilas
    aguas, el gran caimán; el elefante,
    la cañada y la estepa;
    la víbora, los juncos por do trepa;
    y su caliente nido,
    del árbol suspendido,
    el ave dulce y tierna
    que ama la primer luz.
    Él la caverna.
    No envidia al león la crin, ni al potro rudo
    el casco, ni al membrudo
    hipopótamo el lomo corpulento,
    quien bajo los ramajes de copudo
    baobab, ruge al viento.

    Así va el orgulloso, llega, halaga;
    corresponde la tigre que le espera,
    y con caricias las caricias paga,
    en su salvaje ardor, la carnicera.

    Después, el misterioso
    tacto, las impulsivas
    fuerzas que arrastran con poder pasmoso;
    y, ¡oh gran Pan! el idilio monstruoso
    bajo las vastas selvas primitivas.
    No el de las musas de las blandas horas
    suaves, expresivas,
    en las rientes auroras
    y las azules noches pensativas;
    sino el que todo enciende, anima, exalta,
    polen, savia, calor, nervio, corteza,
    y en torrentes de vida brota y salta
    del seno de la gran Naturaleza.

    II

    El príncipe de Gales va de caza
    por bosques y por cerros,
    con su gran servidumbre y con sus perros
    de la más fina raza.

    Acallando el tropel de los vasallos,
    deteniendo traíllas y caballos,
    con la mirada inquieta,
    contempla a los dos tigres, de la gruta
    a la entrada. Requiere la escopeta,
    y avanza, y no se inmuta.

    Las fieras se acarician. No han oído
    tropel de cazadores.
    A esos terribles seres,
    embriagados de amores,
    con cadenas de flores
    se les hubiera uncido
    a la nevada concha de Citeres
    o al carro de Cupido.

    El príncipe atrevido,
    adelanta, se acerca, ya se para;
    ya apunta y cierra un ojo; ya dispara;
    ya del arma el estruendo
    por el espeso bosque ha resonado.
    El tigre sale huyendo,
    y la hembra queda, el vientre desgarrado.
    ¡Oh, va a morir!... Pero antes, débil, yerta,
    chorreando sangre por la herida abierta,
    con ojo dolorido
    miró a aquel cazador, lanzó un gemido
    como un ¡ay! de mujer... y cayó muerta.

    III

    Aquel macho que huyó, bravo y zahareño
    a los rayos ardientes
    del sol, en su cubil después dormía.
    Entonces tuvo un sueño:
    que enterraba las garras y los dientes
    en vientres sonrosados
    y pechos de mujer; y que engullía
    por postres delicados
    de comidas y cenas,
    como tigre goloso entre golosos,
    unas cuantas docenas
    de niño tiernos, rubios y sabrosos.

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