Apologética y teodicea. - El Foro Libre
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Apologética y teodicea.

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    • dic 2017
    • 22

    #16
    [Apologética y teodicea. Comentario 16].
    Plinio había sido enviado como gobernador de las provincias del Ponto y Bitinia en el Asia menor, donde algunas personas habían sido llevadas delante de él acusadas de practicar el cristianismo. Este caso era nuevo para él, y no sabía cómo actuar frente a este extraño género de delito, y, en su perplejidad, pedía consejo al emperador y le exponía cómo había procedido hasta entonces contra los acusados. He aquí algunos pasajes de su carta: “antes de entrar en la provincia no había tenido jamás la ocasión de asistir a un interrogatorio de cristianos. No sabía entonces como actuar o decidir, sea en la instrucción de su causa, o en el castigo a infligir. ¿Era necesario castigar como si ser cristiano fuese en sí mismo un crimen, o solamente si esto estaba acompañado de otros delitos? ¿Era necesario hacer algunas diferencias teniendo en cuenta la juventud o la edad de los acusados?... Al asistir, he aquí cómo he procedido con relación a aquéllos que eran llevados ante mí como cristianos. Yo les preguntaba si ellos eran cristianos. Ellos lo confesaban, y yo reiteraba mi pregunta una segunda y tercera vez amenazándolos de muerte, si ellos persistían. Perseverando ellos en su confesión, ordenaba que ellos fuesen llevados, unos para ser ejecutados, los otros, como ciudadanos romanos, para ser enviados a Roma, para ser juzgados”. Plinio justifica su sentencia capital mediante la siguiente razón: “Yo no ponía en duda una acusación que confirmaba los nombres de un cierto número de personas. Habiéndolos interrogado, algunos negaban ser o haber sido cristianos, e invocaban a los dioses como yo les prescribía; ofrecieron ante tus imágenes, incienso y vino, y blasfemaron el nombre de Cristo, todas las cosas, se me ha dicho, a las cuales uno no puede forzar a un cristiano verdadero. Éste es el resumen de su error. Entonces encontraba bueno liberarlos. Otros confesaron primeramente que eran cristianos, pero enseguida lo negaron... En cuanto a su religión anterior, que eso sea un error o un delito, he aquí lo que ellos declaraban: tenían la costumbre de reunirse un cierto día antes de que amaneciera y cantar juntos un himno a Cristo como a un Dios. Después ellos se comprometían por juramento a abstenerse del mal, a no cometer fraude, robo, adulterio, y a no faltar a su palabra. Después de esto, tenían la costumbre de separarse para reunirse más tarde y comer juntos, apaciblemente, y sin ningún escándalo. Pero ellos habían dejado atrás esta ultima costumbre desde el edicto dado por mandato tuyo y que prohibía toda reunión”.

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      • dic 2017
      • 22

      #17
      [Apologética y teodicea. Comentario 17].
      Plinio era un filósofo, un hombre educado y refinado, bondadoso y generoso desde un prisma superficial, pues por otra parte no dudó en emplear los medios más crueles para descubrir la supuesta culpabilidad de las personas que él consideraba adeptas a la “absurda superstición” del cristianismo, confirmando con esta actitud que su bondad y generosidad estaban muy alejadas del criterio superior del Altísimo. He aquí cómo él continuó su carta: “Después de este relato me pareció más necesario interrogarlos, aplicándoles tortura a dos mujeres, de aquéllas que se llaman diaconisas. Pero salvo una maldad y absurda superstición, no he podido sacar nada de ellas... El número de acusados es tan grande que el asunto merece una seria consideración. Muchas personas de ambos sexos, de toda edad y condición, son acusados, y un número mayor aún lo serán, porque el contagio de esta superstición ha invadido no solamente las villas, sino también los lugares más pequeños y las campiñas”. Plinio añade enseguida que a su llegada los templos (se sobreentiende: Los templos paganos) estaban casi abandonados, las ceremonias sagradas (se sobreentiende: Las ceremonias religiosas paganas) quedaron interrumpidas por largo tiempo y las víctimas de los sacrificios (se sobreentiende: Las ofrendas animales muertas en sacrificio a los dioses paganos) no encontraban más que raros compradores. Pero deja ver al mismo tiempo que sus esfuerzos para detener los progresos de la “superstición” no han sido vanos, y termina diciendo que se puede pensar que un gran número de cristianos será restaurado (se sobreentiende: Restaurado a la creencia popular en los dioses paganos y en las celebraciones sociales convencionales ligadas frecuentemente a éstos), si el perdón es asegurado para aquéllos que se arrepienten. El emperador respondió a Plinio de la siguiente forma: “Tú has actuado perfectamente, querido Plinio, en tu manera de proceder con relación a los cristianos que han sido llevados ante ti. Es evidente que en asuntos de este género, uno no puede poner ninguna regla general. Estas personas jamás deben ser buscadas. Pero si ellas son acusadas y permanecen convencidas de ser cristianas, deben ser castigadas a muerte; pero con esta restricción: que si alguna renuncia al cristianismo, y lo prueba invocando a los dioses, se le absolverá a causa de su arrepentimiento, sin importar cuál haya sido su conducta anterior. En ningún caso, las denuncias anónimas deben ser recibidas; éstas son un medio peligroso y que no concuerda de ninguna forma con los principios de nuestros tiempos”. Así fue la respuesta del poderoso emperador a su amigo filósofo, en un tiempo en el que esta élite se jactaba de sus luces y urbanidad. Por lo tanto, el cristianismo y sus practicantes eran tratados prejuiciosamente como elementos infrahumanos, con toda la inapreciable sobrecarga de error que tenía semejante prejuicio para la mentalidad de aquella aristocracia romana monstruosamente impregnada de su propia miopía cognoscitiva.

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        • dic 2017
        • 22

        #18
        [Apologética y teodicea. Comentario 18].
        Hubiese sido muy fácil para estos cristianos, despreciados por la mayoría de la gente de la época, salvar sus vidas, bastando para ello el simple acto de arrojar al fuego del altar pagano algunos granos de incienso e inclinarse ante la estatua del emperador. Pero aquellos seguidores de Cristo sabían bien lo que significaba esta ceremonia, de apariencia inofensiva. Era un lenguaje conductual, más poderoso que las palabras, por medio del cual se indicaba la adhesión o el rechazo a Dios y a su Hijo. En cuanto a las cartas de este procónsul, Plinio el joven, tenemos que señalar que son de importancia histórica por varias razones. Por ejemplo, aunque se emitieron desde una provincia del Imperio, constituyen un testimonio irrevocable de que el cristianismo ya se había expandido considerablemente, hasta el grado de hacer casi desaparecer el paganismo en esta provincia en particular. Y no se puede comprender del todo este absurdo cuadro de persecución contra estos ciudadanos inofensivos y respetuosos si no introduce en él a la criatura sobrehumana que la sagrada escritura llama Satanás, el gran opositor y rebelde contra Dios, y el más esforzado combatiente contra cualquier resplandor de la verdad. Por otra parte, el testimonio escrito de un enemigo pagano en favor de la fidelidad de los cristianos de aquel tiempo es muy poderoso; en él se destaca lo que Plinio dijo de sus reuniones, destinadas a cantar alabanzas a Cristo y comer en hermandad. Se trataba sin duda de la Cena del Señor y de las fiestas de amor que frecuentemente la acompañaban, como se deduce de la primera carta que escribió el apóstol Pablo a los cristianos corintios, capítulo 11. Además, en esta etapa de la historia del cristianismo, las asambleas de los discípulos se caracterizaban por la simplicidad, en franco contraste con el ornato y la pompa que posteriormente se fue introduciendo de forma paulatina en la cristiandad.

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          • dic 2017
          • 22

          #19
          [Apologética y teodicea. Comentario 19].
          Es conveniente situarse en el año 111 de nuestra era, cuando Plinio el joven, gobernador de Bitinia, a orillas del Mar Negro, regresó a su residencia tras una inspección efectuada a su populosa y rica provincia romana y se topó con un desafortunado incendio que devastaba la capital, Nicomedia. Mucho se habría podido salvar si hubiera habido bomberos allí, pero estaban prohibidos. La razón de ello se atisba en la carta que Plinio dirigió al emperador Trajano (98-117 de la EC) dándole noticias de lo sucedido, en los siguientes términos: “Te toca a ti, señor, valuar si es necesario crear una asociación de bomberos de 150 hombres. De mi parte, cuidaré de que tal asociación no incorpore sino bomberos...”. Trajano le respondió rechazando de plano tal iniciativa: “No te olvides que tu provincia es presa de sociedades de este género. Cualquiera que sea su nombre, cualquiera que sea la finalidad que nosotros queramos dar a hombres reunidos en un solo cuerpo, esto da lugar, en cada caso y rápidamente, a eterías”. Evidentemente, el temor a las “eterías” (nombre griego para las “asociaciones”) prevalecía así sobre el temor a los incendios; y este miedo gubernamental hacia los grupos humanos organizados provenía de más de un siglo atrás. Por lo visto, las asociaciones de cualquier tipo, que podrían transformarse eventualmente en grupos políticos, habían inducido al césar Augusto (63 antes de la EC – 14 de la EC) a prohibir todas las agrupaciones mediante decreto oficial emitido en el año 7 antes de nuestra era: “Quienquiera establezca una asociación sin autorización especial, es pasible de las mismas penas de aquéllos que atacan a mano armada los lugares públicos y los templos”. Esta ley estaba siempre en vigor, aunque las asociaciones no dejaban de florecer por todo el Imperio: desde los barqueros del Sena a los médicos de Avenches, desde los comerciantes de vino de Lión a los trompetistas de Lamesi. Todas ellas defendían los intereses de sus afiliados, incluso ejerciendo presión sobre los poderes públicos. Por lo tanto, si bien dicha ley anti-asociaciones no se había derogado, permanecía habitualmente inerte, latente, en la mayoría de los casos, cual lejano telón de fondo apenas divisable.

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            • dic 2017
            • 22

            #20
            [Apologética y teodicea. Comentario 20].
            Parece que a resultas de la respuesta de Trajano a Plinio, este último proclamó alguna clase de recordatorio o edicto de esa ley augusta en sus dominios y no tardó en aplicar la prohibición de las eterías a un caso particular que se le presentó en el otoño del año 112. Bitinia estaba llena de cristianos, pues según el propio Plinio: “Es una muchedumbre de todas las edades, de todas las condiciones, esparcida en las ciudades, en la aldeas y en el campo”. Al parecer, había recibido repetidas denuncias por parte de los fabricantes de amuletos religiosos, quienes se sentían estorbados por los cristianos porque éstos predicaban la inutilidad de semejantes baratijas. Como consecuencia, había instituido una especie de proceso judicial para poder conocer bien los hechos y había descubierto que los cristianos tenían “la costumbre de reunirse en un día fijado, antes de la salida del sol, de cantar un himno a Cristo como a un dios, de comprometerse con juramento a no perpetrar crímenes, a no cometer ni latrocinios ni pillajes ni adulterios, a no faltar a la palabra dada. Ellos tienen también la costumbre de reunirse para tomar su comida que, no obstante las habladurías, es comida ordinaria e inocua”. Obviamente, los cristianos no habían dejado de celebrar estas reuniones ni siquiera después del edicto del gobernador que recalcaba la interdicción de las eterías. Si bien Plinio no ve nada malo en todo esto, no obstante la repulsa cristiana a ofrecer incienso y vino delante de las estatuas del emperador le parece un acto de escarnio sacrílego. La firmeza de los seguidores de Jesucristo en no efectuar ningún acto de adoración a la imagen del emperador la toma como una obstinación irrazonable y necia. De la carta de Plinio a Trajano queda claro que habían cesado las acusaciones absurdas de infanticidio ritual y de incesto que años atrás se levantaron contra los cristianos, y sólo quedaban las de rehusar rendir culto al emperador (vista como de lesa majestad; esto es, de atentar simbólicamente contra la vida futura del emperador al no rendirle adoración como si fuera un dios) y de constituir una etería. Trajano responde a Plinio que “los cristianos no han de ser perseguidos oficialmente. Si, en cambio, son denunciados y reconocidos culpables, hay que condenarlos”. Con otras palabras: Trajano anima a cerrar un ojo sobre ellos, pues son una etería innocua como los barqueros del Sena y los vendedores de vino de Lión; pero ya que están practicando una “superstición irrazonable, tonta y fanática” (según la juzgan Plinio y otros intelectuales de la época), y ya que continúan rehusando dar culto al emperador (y, por consiguiente, se consideran ajenos a la vida civil), no se puede pasar esto por alto: por lo tanto, si son denunciados, se les ha de condenar. Trajano insta, pues, de forma poco rígida, a tener presente que no es lícito ser cristiano; que la asociación cristiana es ilegal, pero en el fondo inocua.

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              • dic 2017
              • 22

              #21
              [Apologética y teodicea. Comentario 21].
              Sin embargo, esa patente inocuidad no inspira suficiente clemencia en los opositores paganos y por ello se producen atropellos inhumanos y víctimas cristianas inocentes. La misma política represiva de Trajano hacia los cristianos es la empleada por los emperadores Adriano (117-138) y Antonino Pío (138-161). Pero el emperador Marco Aurelio (161-180) fue más lejos, pues consideraba que el cristianismo era un delirio que podía propagarse por todo el dominio romano, con fatales consecuencias. Este Marco Aurelio era un emperador filósofo, que pasó guerreando 17 de los 19 años que estuvo en el poder. En sus “Memorias”, en las que cada noche, bajo la tienda militar, anotaba algunos pensamientos “para sí mismo”, se encuentra un gran desprecio hacia el cristianismo. Lo consideraba una locura, porque proponía a la gente común, ignorante, una manera de comportarse (fraternidad universal, perdón, sacrificarse por los otros sin esperar recompensa) que sólo los filósofos como él podían comprender y practicar después de largas meditaciones y disciplinas. En un escrito del año 176-177 prohibió que cualesquier sectarios fanáticos, con la introducción de cultos hasta entonces desconocidos, pusieran en peligro la religión del Estado. Por consiguiente, la posición social de los cristianos, siempre desagradable y mal entendida por la gente, se tornó, bajo él, más áspera. Las florecientes comunidades cristianas del Asia Menor, fundadas por el apóstol Pablo, fueron sometidas día y noche a robos y saqueos por parte del populacho. En Roma, el filósofo Justino y un grupo de intelectuales cristianos fueron condenados a muerte. La floreciente comunidad cristiana de Lyon fue aniquilada a raíz de la infundada acusación de ateísmo e inmoralidad. Y esta situación continuó también en los primeros años del emperador Cómodo, hijo de Marco Aurelio.

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                • dic 2017
                • 22

                #22
                [Apologética y teodicea. Comentario 22].
                Bajo el reinado de Marco Aurelio, la ofensiva de los intelectuales de Roma contra los cristianos alcanzó el culmen. Esto suponía una gran amenaza para el cristianismo, pues podía asfixiar las posibilidades de obtener nuevos conversos y, lo que es peor, amenazaba con poner en crisis la fe de los propios evangelizadores. Fabio Ruggiero, de la Universidad de Boloña, Italia, escribe: “A menudo y erróneamente se cree que el mundo antiguo combatió la nueva religión con las armas del derecho y de la política. En una palabra, con las persecuciones. Si esto puede ser verdadero (y, de todos modos, sólo en parte) para el primer siglo de la era cristiana, ya no lo es más a partir de mediados del segundo siglo. Tanto el mundo gentil como la Iglesia comprenden, más o menos en la misma época, la necesidad de combatirse y de dialogar en el terreno de la argumentación filosófica y teológica. La cultura antigua, entrenada desde siglos a todas las sutilezas de la dialéctica, puede oponer armas intelectuales refinadísimas al conjunto doctrinal cristiano, y muy pronto la misma Iglesia, dándose cuenta de la fuerza que el pensamiento clásico ejerce en frenar la expansión del evangelio, comprende la necesidad de elaborar un pensamiento filosófico-teológico genuinamente cristiano, pero capaz al mismo tiempo de expresarse en un lenguaje y en categorías culturales inteligibles por parte del mundo grecorromano, en el cual viene a insertarse cada vez más”. Como si de una trampa bien urdida se tratara, elaborada para poder combatir más eficazmente unas creencias que habían demostrado ser más fuertes que toda la maquinaria persecutoria generadora de tantos mártires triunfantes, el ataque intelectual contra el cristianismo primitivo no se desplegaba físicamente, aunque no por ello era menos feroz, pues se trataba de una nueva modalidad acosadora que pretendía hacer beber una sabrosa pócima (a saber, la necesidad de elaborar un pensamiento filosófico-teológico “genuinamente” cristiano, en palabras de Fabio Ruggiero) que intentaría provocar la muerte tras dulce sueño. Por lo visto, esta maligna estrategia debía adquirir ahora todo su vigor, ya que era el tiempo señalado y la sazón profética determinada para su auge. Una parábola de Jesucristo lo había previsto y vaticinado, en los siguientes términos: «Jesús les propuso este otro ejemplo: “En el reino de Dios sucede lo mismo que le pasó a uno que sembró, en su terreno, muy buenas semillas de trigo. Mientras todos dormían, llegó su enemigo y, entre las semillas de trigo, sembró semillas de una mala hierba llamada cizaña, y después se fue. Cuando las semillas de trigo produjeron espigas, los trabajadores se dieron cuenta de que también había crecido cizaña. Entonces fueron adonde estaba el dueño del terreno, y le dijeron: ‘Señor, si usted sembró buenas semillas de trigo, ¿por qué también creció la cizaña?’. El dueño les dijo: ‘Esto lo hizo mi enemigo’. Los trabajadores le preguntaron: ‘¿Quiere que vayamos a arrancar la mala hierba?’. El dueño les dijo: ‘No. El trigo y la cizaña se parecen mucho, y a lo mejor ustedes van y arrancan el trigo junto con la cizaña. Mejor dejen que las dos plantas crezcan juntas. Cuando llegue el tiempo de la cosecha, podremos distinguir cuál es el trigo y cuál es la cizaña. Entonces enviaré a los trabajadores para que arranquen primero la cizaña, la amontonen y la quemen. Luego recogerán el trigo y lo llevarán a mi granero’”» ((Evangelio según Mateo, capítulo 13, versículos 24-30; Traducción de la Biblia al lenguaje actual).

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